Las entidades del tercer sector son… digamos, buenas. Sus causas son buenas… Su gente es buena… ¿no?
Con mucha generosidad te diré que sí, eso sí, mientras no se demuestre lo contrario.
Si son buenas, ¿para qué un código ético?
Quizás para asegurarnos de que no se pueda demostrar lo contrario…
Ni las cosas son tan simples, ni somos tan ingenuos. Sabemos que por el mero hecho de que haya unas tablas de la ley, el pueblo concernido por ellas se va a comportar tal como Moisés espera y Dios ordena. Es preciso algo más… pero, ¿qué?
A una entidad del tercer sector no le basta con tener un Código ético. Resulta relevante cómo se elabora y qué se hace con él una vez que se tiene.

Los valores de las personas


Afortunadamente, las personas de las organizaciones tienen capacidad de elegir y dirigir su propia conducta. Siempre pueden elegir, eso sí, dentro de un marco de posibilidades.
Todas las personas, en las que nos debemos incluir tú, lector, y yo mismo, preferimos unas posibilidades de actuación sobre otras. Nos será útil acordar aquí que la base de esa preferencia es lo que vamos a llamar valores.
Los valores existen para personas, seres que tienen la capacidad de hacer estimaciones, valoraciones. Podemos afirmar que los valores tienen una dimensión objetiva (esto parece adecuado, aquí y en otra civilización) y una dimensión subjetiva (esto me parece adecuado a mí, pero no a mi vecino).
Los valores habitualmente entran en conflicto entre sí, y cuando se toman decisiones, consciente o inconscientemente, se va configurando un orden jerárquico que funciona de forma efectiva, un “sistema de valores”.

Los valores en las organizaciones


El asunto ya tiene cierta complejidad cuando nos situamos en la esfera personal, pero esta se dispara cuando lo situamos en una esfera compartida entre distintas personas, las cuales tienen su propia jerarquía de valores personales. En este contexto de mayor complejidad, afloran las declaraciones axiológicas de las entidades, especia

lmente las preocupadas por la dimensión ética, como ocurre en el tercer sector.

¿Cómo ajustar el encaje entre los valores personales y los enunciados organizacionalmente? Podemos estar de acuerdo en que es deseable ese ajuste, en que es deseable que las conductas de las personas en la organización, sus elecciones más frecuentes, se alineen con las conductas esperadas por la organización.
Los valores que inspiran las conductas de las personas no se visibilizan solamente en sus declaraciones, sino que se acrisolan en sus comportamientos habituales, en sus conductas preferentes, en esos hábitos que podemos convenir en llamar actitudes.
¿Qué hacer para propiciar este ajuste, que hace a las organizaciones más cohesionadas y a las personas que las forman más coherentes y felices?
Una vez más, afortunadamente, los valores surgen de un proceso de aprendizaje que tiene, entre otros, los recursos de la toma de conciencia sobre las conductas y las elecciones proactivas, así como el diálogo profundo y maduro sobre el contenido de los valores personales y organizacionales.
Hay que hablar, pero no vale cualquier tipo de conversación. Para un diálogo genuino se han de dar una serie de características que permitan el cambio personal y comunitario. Se avanza en grupo, pero cada persona ha de recorrer su propio camino dentro del grupo.
En definitiva, la gestión de los valores, la gestión en valores, es un proceso dinámico, dialógico, y muchas veces dialéctico, en el que estar en camino y caminar es lo relevante.

La experiencia de Algalia con Autismo Burgos


Algalia está teniendo la oportunidad de acompañar a las personas de Autismo Burgos, profesionales y familias, en el proceso de elaboración e implementación de su código ético.
Esta tarea está resultando efectiva gracias al impulso y liderazgo de las personas con responsabilidades directivas y al compromiso con la organización de todas las personas participantes. Se está realizando abriendo y facilitando espacios seguros de diálogo en los que se respetan los procesos de maduración personal y colectiva.
En Burgos, ciudad del camino de Santiago, se sabe que lo importante es caminar y avanzar hacia el destino compartido, aunque las etapas resulten a veces duras y sea preciso abandonar los espacios de confort personales y organizacionales.
No pain, no glory! (¡Sin dolor no hay gloria!)
David Pereiro
Socio consultor de Algalia Servicios para el Tercer Sector
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