Llegas. Te sientas. Abres el correo. Respondes. Asistes a la reunión. Dices lo que toca decir. Al final del día, has cumplido.

Y, sin embargo, algo no cuadra.

No es cansancio exactamente. El cansancio tiene remedio: duermes, descansas, y vuelves. Esto es otra cosa. Es esa sensación de ir haciendo sin estar del todo presente. De escuchar sin llegar a escuchar de verdad. De poner buena cara cuando alguien te pregunta cómo estás y responder «bien, un poco liada» porque explicar lo que realmente ocurre te parece demasiado complicado. O demasiado íntimo. O simplemente no encuentras las palabras.

Lo curioso es que, desde fuera, nadie lo nota. Sigues siendo la persona comprometida, disponible, que resuelve. El problema es que llevas tiempo haciéndolo desde un lugar muy lejano a ti misma.

Esto tiene un nombre: presentismo emocional. Y es mucho más frecuente de lo que imaginamos.

Un estudio publicado este mismo año reveló algo que cuesta ignorar: casi la mitad de las personas trabajadoras en España —el 49%— ha pensado en algún momento en no ir al trabajo por malestar emocional. Pero fueron igualmente. Sonrieron en la reunión. Respondieron los mensajes. Nadie lo supo. Y ellas tampoco supieron muy bien qué hacer con eso, así que siguieron adelante.

Ocurre en todos los sectores. Pero hay algo específico en lo que pasa cuando tu trabajo consiste en estar presente para otras personas. Cuando acompañas a alguien en un proceso de cambio, cuando atiendes a personas en situación de vulnerabilidad, cuando sostienes el día a día de un equipo en una cooperativa, cuando orientas, cuando escuchas, cuando eres tú quien tiene que contener lo que otros no pueden contener solos. En ese tipo de trabajos hay una presión implícita —nadie la dice en voz alta, pero está— de que tu malestar es menos urgente. Que ya te ocuparás de ti cuando esto pase, cuando acabe el proyecto, cuando la persona a la que acompañas esté más estabilizada.

Pero «cuando esto pase» rara vez llega.

Y mientras tanto, la distancia entre cómo estás y cómo apareces ante los demás se va haciendo cada vez más grande. No de golpe. Despacio. Con tanta discreción que un día dejas de reconocerlo como un problema y empieza a parecerte simplemente que así es este trabajo. Que así eres tú. Que esto es lo normal.

Y ahí está el problema real. No en el agotamiento en sí, sino en que has dejado de tener acceso a lo que sientes. Sigues funcionando, sí. Pero funcionas desde una especie de piloto automático emocional que te permite seguir haciendo, sin llegar a estar.

Relacionarte con los demás desde ese lugar tiene un coste que no aparece en ninguna estadística. El coste de acompañar sin presencia real. De tomar decisiones sin saber bien qué te importa y qué no. De sostener a otros desde un suelo que tú misma sientes inestable, aunque no se lo digas a nadie.

La conciencia emocional —saber lo que sientes, entender de dónde viene, poder habitarlo sin que te desborde ni desaparecer de él— no es un recurso para momentos de crisis ni una habilidad reservada a quienes gestionan equipos. Es la herramienta más práctica que existe para estar presente de verdad en lo que haces. Para acompañar a otros sin vaciarte en el proceso. Para que el trabajo que has elegido, ese que tiene que ver con las personas, no acabe por alejarte de ti misma.

Y eso, como cualquier herramienta, se aprende. Se practica. Se entrena.

En VIRADA Emociones trabajamos exactamente eso: no la gestión emocional como técnica, sino la conciencia emocional como forma de estar.

Si algo en este artículo te ha resonado, quizás vale la pena explorar qué hay detrás de eso.

Equipo Virada

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